jueves, 14 de mayo de 2009

TRY

FRÍO

Frío. Lo único que podía sentir toda alma viva en esas montañas era un frío mortífero
que se comía la piel desnuda y cruzaba las vestimentas como una flecha de hielo. Un
paisaje de montañas altas y afiladas como lanzas cubría y ofrecía a la vista una blancura
casi inigualable. El cielo era gris, dado que las nubes lo cubrían casi por completo. El
suelo estaba casi siempre con algún cráneo o esqueleto diminuto helado por las
ventiscas que azotaban normalmente esos lares.

En medio de toda esa armonía de color, había algo que la alteraba. En un valle cerca del
Paso del Este, en el norte de los Reinos Ogros, un grupo de pieles verdes buscaba un
sitio donde acampar, dado que pronto oscurecería. Era una compañía de cinco orcos,
montados en unos jabalíes feroces, que ofrecían una excelente montura, pero muy poco
domable en esas tierras. Esos jinetes eran unos perfectos domadores, y llevaban con
esos mismos animales desde que montaron por primera vez. Su piel estaba toda cubierta
por gruesas capas de piel menos el rostro, que sobresalía para poder ver mejor.

El mayor, un orco robusto, pero sin llegar a los extremos de un orco negro, dio un
traspié a su montura para adelantarse un poco. Su cara era amenazadora, y tenía un
colmillo de hierro. Llevaba los ropajes de lo que parecía ser un tuskgor y una coraza de
cobre parecía protegerle el torso. En la espalda llevaba un escudo redondo, de madera,
con una mandíbula pintada con pinturas de guerra. La mano derecha sujetaba al animal,
mientras que en la izquierda llevaba el estandarte de su kaudillo, Yandrak el Orco
Negro, clavado en un poste vertical. El estandarte llevaba pintado una cara divina (de
Gorko o Morko), sobre un fondo rojo. En él colgaban unos cráneos, como signo de
victoria e intimidación.

-Tenemoz ke buzkar un zitio donde pazar la noxe – dijo, con voz grave.
De la ladera bajó un jinete más, con los ropajes más oscuros, sin armadura y con el
jabalí desprotegido. Su cara la tapaba la capucha que le ofrecía su capa, desgastada por
los bordes y con restos de nieve.

-Ay una pekeña kueva zerka de akí – anunció el explorador orco, señalando a una
pequeña grieta que había cerca de allí, pasando un pequeño tramo. – Kreo ke zi buzkas
un buen zitio para dezcanzar, eze zerá el mejor, zeñor Nulgha.

*****
Los jabalíes retumbaban cada cierto tiempo en el fondo de la cueva, donde uno de los
jinetes les había montado una pequeña cuadra de piedras grandes y escarcha para que no
se escaparan. Era negra noche y los orcos dormían apaciblemente (entre grandes
ronquidos y graves estornudos) mientras Nulgha y Kebrag, el espía, estaban despiertos
al lado del fuego. Ninguno de los dos decía nada, únicamente se limitaban a observar el
chispeo de las llamas y su movimiento.

Cuando por fin consiguieron cerrar los ojos para descansar, un grave aullido retumbó
por las paredes de la grieta. Nulgha abrió los ojos, alarmado, y se levantó de un salto.
Ese movimiento también despertó a Kebrag, que hizo lo mismo. Los demás fueron
moviéndose mientras se despertaban poco a poco.

Kebrag se acercó a una obertura que había en la cueva, parecida a un túnel. De pronto se
oyeron pasos pesados, arrastrándose en la oscuridad de la galería anexa. Nulgha se
acercó a Kebrag.

-Ké okurre? – preguntó, desenvainando su rebanadora.
-Algo grande y pezado ze azerka -. le respondió su explorador, con gesto preocupado.
-Loz ogroz vienen con noz? – dijo el jefe, acercando su brazo hacia el poste del
estandarte.
-No...Ez algo máz grande...- dijo Kebrag, antes de que su voz se viera interrumpida por
otro alarido.
****
Los orcos estaban preparados para atacar a cualquier criatura que se les arremetiera
encima. Se oían unos pasos cada vez más cerca. Unos pasos duros y potentes.
-Kojed a loz jabalíez y ponerloz en lugar zeguro – dijo Nulgha, mientras sujetaba con
más fuerza su estandarte. – Zoltad laz lanzaz, dizparad a diztanzia, no zabemos zi ez
máz grande ke nozotroz.
Sus soldados así lo hicieron, siguiendo a su líder. Kebrag abandonó la formación y se
colocó en una de las grietas y sacó su arco desdeñado. Nulgha observó su estandarte de
nuevo, orgulloso de sí mismo. Estaba lleno de trofeos de guerra y objetos que se habían
encontrado durante su largo viaje hasta allí y eso era mucho.
Una de las piedras que había tapando la grieta saltó hacia adelante, haciendo un gran
estruendo y se rompió en varios trozos, que salieron despedidos hacia los lados. De la
profunda oscuridad salió una extraña criatura inmensa. Era el doble de alta que un orco,
solo que iba jorobada. Su piel era pálida, llegando a enferma. Tenía la mandíbula y la
cara deformada y curvada hacia adelante. Esa obertura dejaba al descubierto unos
dientes rasgados y podridos. Su único atuendo era un trozo de cuero negro que le cubría
sus partes íntimas. Los brazos estaban desproporcionados en comparación con el
cuerpo; eran largos y sus manos parecían garras de un gran demonio, con sus uñas
puntiagudas llenas de sangre seca.
Nulgha se quedó boquiabierto, enfrente de esa monstruosidad. La miró a los ojos, unos
profundos ojos negros abismales, y entonces supo qué hacer. Clavó su estandarte en el
suelo y agarró su rebanadora con dos manos, en posición de carga.
La bestia empuñaba un enorme hueso como garrote, que parecía ser perfectamente una
tibia de mamut. Emitió otro de sus alaridos hacia sus oponentes y empezó a correr hacia
los pieles verdes.
-¡Dizparadle mientraz me encargo de él! – ordenó gravemente Nulgha a sus camaradas,
y salió al encuentro con el gargantúa.
El orco paró la arremetida de su contrincante esquivando un duro golpe con su arma
primitiva y haciéndole un leve corte a su pierna izquierda. Al gargantúa no pareció
importarle, y siguió atacando sin descanso a Nulgha, que los esquivaba cada vez más
justos. Era una pelea de fuerza incansable contra potencial físico. Pero tarde o temprano
en físico flaquea, y entonces siempre es el momento de atacar.
Nulgha, en un traspié inesperado, se quedó inmóvil demasiado tiempo y el gargantúa le
asestó un golpe con su hueso. El orco salió despedido e impactó contra la pared de la
cueva. La bestia, ya cansada de la lluvia de flechas que le venía encima, arremetió
contra los demás orcos, dejando a su jefe herido en el suelo. Los orcos salieron
corriendo hacia todas direcciones para no ser objetivo del garrote de la bestia o de su
otra garra. Finalmente, el monstruo se decidió por atacar a Kebrag, que era el que más
flechas certeras hacía, todas con la pluma negra, su símbolo propio.
Mientras avanzaba hacia su víctima, tiró al suelo con su brazo al estandarte clavado en
el suelo.
-WAAAAAAGH
Nulgha se levantó y cargó con toda su furia contra el gargantúa. El orco dominado por
la ira le clavó dos cortes certeros en sus piernas, que le hicieron derrumbarse a causa del
dolor. Aprovechando eso, el portaestandarte le clavó su rebanadora en la garganta,
hundiéndola tanto que le salió por el otro extremo.
La bestia cayó finalmente, dejando unos alaridos ahogados por la acumulación de
sangre en la garganta. Nulgha recuperó su estandarte y comprobó que no hubiera
recibido daño alguno. Al ser así, solo le quedaba una cosa por hacer.
Se arrodilló delante del cadáver del gargantúa, le arrancó del cuello su collar de huesos
pequeños con restos de sangre y lo colgó al poste, como un trofeo más.
*****
Kog, déspota de la tribu ogra de los Panzas Azules, estaba sentado en su trono hecho de
huesos y despojos de gnoblars dentro de su tienda, la más grande del poblado.
Llevaba ataviado un protegetripas extremadamente detallado, con dos colmillos
saliendo de él, uno a cada lado. Esa pieza acorazada estaba pintada de una pintura azul,
hecha a base de unos cuantos minerales poco comunes en esas montañas. Su posado era
fiero, y su enorme masa muscular estaba protegida por algunas placas de bronce en los
brazos, piernas y espalda.
Un gnoblar entró en la tienda, aterrorizado delante de la expresión del déspota. No llegó
a decir nada, puesto que antes de hacerlo, un ogro toro lo pisó al entrar corriendo a la
estancia.
-Tenémo unos nuevos visitantes en el poblado, jefe – dijo con su rudo acento ogro,
señalando al exterior.
-¿Qué son? – preguntó Kog, levantándose poco a poco.
-Creo que son piele’verdes, jefe – contestó el otro, rascándose su cabeza calva.
El déspota se acaricio su bigote, típico ogro, que le caía a ambos lados de los labios,
curioso. Unos nuevos visitantes podrían suponer nuevos individuos que le deberían
pagar tributo en caso de querer quedarse o pasar de largo. Esa idea le gustaba mucho,
como a todo ogro. El dinero es el dinero.
-Llévame con ellos – dijo, finalmente, el jefe.
*****
-Hola, zoy Nulgha, portaeztandarte de Yandrak el Orco Negro, jinete de jabalí y jefe de
ezta partida de guerreroz. –se presentó Nulgha al déspota.
-¿Que os hacen llega’ aquí, señor orco? – preguntó Kug, frunciendo el ceño.
-La guerra, zeñor ogro – dijo el portaestandarte orco, posando su mano encima del
mango de su rebanadora, colgada a su cintura.
-Necesitai guerreros, veo – comprendió el déspota, y luego miró a sus espaldas, donde
varios ogros de los Panzas Azules observaban la escena – Pero lamento deciro’ que solo
di’pongo de tres comehombre, que acaban de volver a la tribu despué de estar varios
meses con lo humanos.
-¿Humanejoz? – Nulgha no comprendía como podrian aliarse con ellos. – Prestadnoz
vueztroz comehumanejoz y oz pagaremoz generozamente.
-No sin mi consentimien’to – dijo un ogro de entre la multitud. Poco a poco se abrió
paso entre los demás para colocarse al lado de Kug. Era un ogro bastante grande, un
protegetripas más labrado que el de los demás. – Soy Gug, el matón de la tribu. Estos
guerrero son mío. Yo les adie’tré y ellos mismo consiguieron una gran técnica. No
permitiré que se vayan con vosotro.
-Zi oz negaiz, – dijo Nulgha, con pose intimidadora. – volveremoz con máz jente y oz
crujiremoz loz eztomagoz.
Gug desenvainó su espada larga y curvada, probablemente proveniente de Cathay o
Nippon, los dos continentes del este del mundo, y apuntó a Nulgha.
-Si lo’ quereis, yo te desafio a un combate singulá en el pozo de las Fauces. – dijo, con
tono amenazador.
-¿Kombate zingular? – Nulgha se lo pensó un poco y luego añadió: - Aremoz una
coza...Yo llevaré mi eztandarte. Zi konzigo aguantar máz de zinco minutoz ahí zin ke
me robez el eztandarte, yo ganaré. Zi me lo kitaz, tu ganaz y noz vamoz.
-Yo aun añadiría una nueva regla... – dijo Kug, con una sonrisa siniestra – Cinco minuto
o hasta la muerte de uno de lo dos.
******
-¡Que comiense!
Gug avanzó hacia delante y lanzó una estocada con su espada, que acabó impactando en
una de las fauces de madera. Nulgha consiguió aquello esquivandola en el último
momento. Cogió el mástil del estandarte por las dos manos, para obtener más seguridad.
El matón no le importó aquel primer fallo, y siguió atacando sin cesar. Nulgha
esquivaba todas las estocadas, hasta que una le dio en el brazo izquierdo. Escupió en el
suelo y se despojó de su casco y de sus protecciones en las piernas en cuestión de
segundos. Puede que eso le hiciera más vulnerable, pero conseguía más agilidad.
El matón siguió castigando a Nulgha con golpes no muy certeros, pero furiosos. Cuando
llevaban un rato, Nulgha miró al caldero de agua que había decantado al lado del pozo.
Cuando la última gota de agua cayera en el suelo, el desafío concluiría, pero eso podría
hacerse eterno o nunca llegar, si todo seguía así. El orco estaba en clara desventaja
frente al ogro, que poseía el factor atacante y gigante.
Nulgha optó por la decisión más arriesgada. Agarró su estandarte con una mano, y con
la otra se sacó la rebanadora que llevaba colgada en la espalda, adoptando una actitud
ofensiva. Gug saltó hacia delante, descargando un ataque sobre el que el orco bloqueó
con su rebanadora y estandarte, formando una cruz.
Aquello pilló al matón desprevenido, y no alcanzó en ver como la rebanadora se
deslizaba entre su espada y el mástil del estandarte y se quedaba descubierta. Tampoco
vio como la rebanadora se hundía en su torso que no estaba con protegetripas,
haciéndole una herida casi incurable para un ogro.
La espada cathayense le resbaló entre los dedos, que perdían fuerzas por momentos. El
cuerpo obeso del ogro cayó de rodillas en el barro del pozo. Sentía que perdía fuerzas
rápidamente y sus ojos se nublaban. Sonrió, sabiendo que pronto volvería con sus
antepasados y con las Grandes Fauces, y eso le ayudó un poco más a cruzar el umbral.
Nulgha le arrancó de la barriga su protegetripas, despojándolo de su mayor protección.
Miró a un lado y vio como la última gota del caldero caía sobre el suelo mojado.
Observó de nuevo la cara de Gug, forzando una mueca mientras mostraba su última
sonrisa.
Lentamente y orgulloso de sí mismo, el orco salió del pozo donde había tenido lugar el
desafío. Alzó bien alto el estandarte, donde ahora lucía un nuevo trofeo: un
protegetripas del matón de la tribu.
-¡E ganado! – gritó Nulgha, y señaló a Kug – Aora puedo kojer loz comehumanejoz,
imajino...
Kug se levantó de su trono de delante del pozo, solemne pero algo triste. Les hizo una
señal a los tres ogros de vestimentas extranjeras que había detrás de él.
-No olvide pagarme tributo cuando volvais – dijo, finalmente, e hizo un gesto a los
orcos para que se fueran.
Los pieles verdes recogieron a los jabalíes, que descansaban en los corrales del pueblo
junto a los tuskgars, y marcharon a paso normal. Los ogros comehombres cogieron un
rinobuey cada uno y se fueron detrás suyo, a un paso más lento.
Al otro lado del poblado, con el corazón encogido, Kug se arrodilló ante Gug. Posó su
mano sobre su panza desnuda del difunto ogro y cerró los ojos. Lentamente los volvió a
abrir.
-Aora ya e’tás con nuestros ancestros...hijo mío.

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